Trigo

 

Primeros trigos transgénicos argentinos: una variedad aporta más elasticidad y fortaleza a la masa de pan, y otra agrega valor nutricional a la harina


Fuente: Clarín

Desde hace 4.000 años, el trigo —una especie de planta originaria del Asia Menor que fue adoptada por todo el mundo para hacer panes, tortas y pizzas, entre otras comidas— está al servicio del hombre. Ahora, podría aportarle dos utilidades más: por primera vez en la Argentina, en un instituto científico público, se obtuvieron dos variedades de trigo transgénico con características especiales.

Una de esas variedades dará más elasticidad y fortaleza a la masa del pan. Y la otra aporta un valor nutricional agregado, que beneficiaría especialmente la salud de los sectores socio—económicos de más bajos recursos, cuya dieta está integrada en su mayoría por productos derivados del trigo porque son baratos.

Las dos variedades de trigo transgénico fueron obtenidas por María Lucrecia Alvarez —una investigadora de 33 años que ahora tiene ofertas para ir a trabajar a los Estados Unidos— en el Centro de Estudios Fotosintéticos y Bioquímicos, que depende del Conicet y de la Universidad Nacional de Rosario, con la supervisión del científico Rubén Vallejos.

Sus resultados —que fueron publicados parcialmente en diferentes revistas científicas, como Ciencia Hoy, de mayo, y Theoretical and Applied Genetics— anticipan cómo serán los alimentos del futuro cercano.

Hasta ahora, los cultivos de transgénicos (que son los que tienen genes de otras especies o aun de la propia añadidos por medio de técnicas de la ingeniería genética) se han producido con la idea de hacer que las plantas rindan más y beneficien a los productores agropecuarios y los proveedores de semillas. La soja, el maíz y el algodón transgénicos que se cultivan en el país están dentro de esa movida.

La segunda ola

Pero el desarrollo de las dos variedades de trigo que se consiguieron en Rosario ya están en "la segunda ola", como suelen decir los expertos en biotecnología agropecuaria. "Las dos variedades de tipo que desarrollamos, por separado, prometen beneficios para los panaderos y la industria de la panificación y para los consumidores", dijo a Clarín la doctora en ciencias biológicas María Lucrecia Alvarez, que contó con becas del Conicet y de la Fundación Antorchas para su estudio.

Para Alvarez, que es soltera y vive con sus padres, la mejora genética en la calidad panadera del trigo implicará también que la Argentina —que hoy aporta el 2 por ciento de la producción mundial de trigo— pueda salir a ofrecerle un mejor producto a su principal comprador, Brasil, que recibe el 70 por ciento del total del saldo exportable argentino.

La planta de trigo fue introducida en 1527 en el país cuando Gaboto fundó el fuerte Sancti Spiritus en la desembocadura del río Carcarañá. Recién en 1870 se expandió su producción por la región pampeana, que hizo que la Argentina se considerase como "el granero del mundo". Desde entonces, el trigo fue modificado por el cruzamiento tradicional, pero Alvarez lo mejoró con técnicas más sofisticadas.

Por un lado, buscó perfeccionar la calidad panadera del trigo, que depende de factores ambientales como la humedad pero también de cuestiones genéticas. La investigadora ya sabía, por estudios anteriores de otros expertos, que hay ciertas proteínas del trigo —que se llaman gluteninas— que también determinan la calidad panadera. Y ella diseñó su propia "receta".

Eligió los genes del trigo que ya fabrican las mejores gluteninas. Los combinó con otros genes y construyó una estructura circular. A su vez, mezcló esa estructura con micropartículas de oro y de tungsteno. Con esta mezcla tan particular y con una pistola empezó a bombardear sobre callos (células todavía no diferenciadas) de plantas de trigo, que estaban en cajitas de vidrio. Es decir, esas células incorporaron su mezcla en su interior.

Poco después, Alvarez sembró los callos bombardeados en el laboratorio: les puso hormonas vegetales para que se conviertan en plántulas. Colocó todo en una cámara oscura con luces muy potentes para hacer que las plántulas comiencen a generar oxígeno. Hasta que, después, las trasladó a la tierra. Así, obtuvieron ocho líneas de plantas de trigo transgénicas que tienen mejoras en su calidad panadera: la masa de harina derivada de ellas es mucho más elástica y fuerte que la habitual.

Para su sorpresa, en otro grupo de plantas en la que provocó la anulación de ciertos genes, encontró que la masa era muy débil y de baja elasticidad. "Este hallazgo puede ser útil también porque este tipo de masa se usa para elaborar tortas y galletitas", comentó la experta.

Alvarez también desarrolló en el laboratorio la variedad de trigo transgénico para mejorar el valor nutricional, aunque todavía le falta hacer el ensayo de campo. Si bien utilizó la misma modalidad que cuando buscaba mejorar la calidad panadera, esta vez puso genes modificados de la cebada. Y los combinó dentro de callos de trigo.

¿Por qué lo hizo? "El organismo humano no puede elaborar por su propia cuenta los aminoácidos esenciales que necesita para vivir pero los incorpora a través de los alimentos", explicó Alvarez. Y resaltó: "El trigo tiene pocos aminoácidos —en particular, la lisina— para aportar. Por lo que las comunidades de sectores de bajos recursos que consumen más alimentos derivados del trigo no reciben una adecuada alimentación". La investigadora piensa que si su variedad de trigo con genes de cebada llega a ser comercializada, podría solucionar esa escasez de los fortalecedores aminoácidos.

"Un trabajo serio"

El profesor de biotecnología de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e integrante de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria, Moisés Burachik, opinó que el desarrollo de trigo transgénico en Rosario es "un trabajo serio y de buena calidad".

Pero reconoció que todavía faltan por lo menos cinco años para que el pan de trigo transgénico llegue a la mesa de los consumidores. "Por un lado, falta inversión pública en la biotecnología así como en otras áreas científicas —afirmó— y, por otro, la aceptación del producto por parte de la gente también puede constituir un obstáculo".

Los fundamentalismos 

Frente a los científicos que defienden como fundamentalistas los alimentos derivados de cultivos transgénicos y los ambientalistas que los rechazan, la investigadora rosarina María Lucrecia Alvarez está en una posición intermedia.

"Creo que los transgénicos pueden servirnos pero hay que analizar cada caso en particular en relación al riesgo que puede representar para la salud humana", afirmó. "No se puede generalizar que todos los cultivos transgénicos son o serán beneficiosos —agregó— ni que todos son nocivos".

Hay científicos en el mundo que aseveran que los transgénicos vendrán a ayudar para atender la alimentación de una población mundial que se duplicará en 25 años. Pero también existen muchas organizaciones ecologistas no gubernamentales, como Greenpeace, que señalan supuestos riesgos para la salud humana.

Según informó recientemente el científico del INTA, Esteban Hopp, en la revista Encrucijadas de la Universidad de Buenos Aires, en 1996 se cultivaron 2,8 millones de hectáreas en el mundo con variedades transgénicas. En 1999, esa superficie aumentó a 50 millones. Mientras, crecieron también las críticas de los ambientalistas, incluso con campañas en los supermercados, como se hicieron en julio pasado en Buenos Aires.

Para la joven investigadora, "hay mucha ignorancia en el tema por parte de los ambientalistas, pero nosotros, los científicos, también tenemos algo de culpa porque no hemos sabido explicar bien la importancia de los cultivos transgénicos".

Además, resaltó, "no se debe dejar de tener en cuenta que en la disputa también intervienen intereses comerciales: los europeos, que están en su mayoría en contra, se quedaron atrás en esta área científica con respecto a los Estados Unidos y defienden sus producciones".

 

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